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La angina de pecho (también conocida como «angina pectoris») es uno de los signos más conocidos de los problemas cardíacos agudos y crónicos, tanto entre profesionales médicos como entre personas no especializadas, obteniendo normalmente estas últimas dicho conocimiento de obras de la cultura popular. No obstante, el dolor y la presión en el pecho pueden ser síntomas de otras afecciones médicas, algunas bastante menos peligrosas de lo que cabría esperar. Los métodos de diagnóstico estándar pueden, por supuesto, ayudar a diferenciar entre las causas, pero pueden no estar disponibles en el momento en que un paciente presenta dichos síntomas.

Solo en 2016, las enfermedades cardiovasculares (ECV) fueron la causa de 17,9 millones de muertes, de las que aproximadamente 9,43 millones se debieron a la enfermedad arterial coronaria (EAC), por lo que cabe entender que tanto los propios pacientes como las personas que los rodean se sientan alarmados por una repentina molestia originada en el pecho [1, 2].

Sin embargo, en muchos pacientes, esta molestia no tiene que ser necesariamente aguda, sino que es de naturaleza crónica, y resulta más probable (aunque no en todos los casos) que esté relacionada con problemas cardíacos reales, tales como la EAC con angina estable. Se estima que la angina estable crónica aqueja a hasta un tercio de todos los pacientes con EAC, algunos de los cuales experimentan síntomas a diario o semanalmente [3]. Varios estudios de pacientes con problemas coronarios agudos como, por ejemplo, infarto de miocardio (IM) agudo, informan de síntomas con cifras mucho mayores: el 78 % de los pacientes informó de diaforesis, el 64 % sintió dolor en el pecho, el 52 % experimentó náuseas y el 47 % tuvo dificultad para respirar (insuficiencia respiratoria) [4].

No todos los pacientes con IM agudo presentan «angina pectoris» u otros síntomas relacionados con el pecho (los infartos de miocardio silenciosos pueden representar entre el 20 % y el 40 % de todos los casos de IM y son especialmente habituales en las mujeres) [5]. También es más probable que, en comparación con los hombres, las mujeres con IM agudo informen de síntomas atípicos, y solo la mitad experimenta síntomas típicos (es decir, dolor en el pecho) [6].

Asimismo, muchos profesionales sanitarios consideran que las mujeres presentan un riesgo inferior de sufrir IM (aunque esta afirmación resulte cierta desde el punto de vista estadístico, no debería emplearse como excusa para la ausencia de un diagnóstico adecuado), lo que da lugar posteriormente a una interpretación errónea de sus síntomas, a un retraso en el tratamiento y a unos resultados deficientes [7, 8].

A pesar de los numerosos métodos de diagnóstico para evaluar la salud cardiovascular y detectar problemas cardíacos que no deberían producirse, la realidad suele ser, de hecho, bien distinta, ya que el diagnóstico erróneo se da con bastante frecuencia. Un completo estudio de cohortes llevado a cabo en el Reino Unido y en el que participaron casi 600 000 pacientes diagnosticados con IM —tanto infarto agudo de miocardio con elevación del segmento ST (IMEST) como infarto agudo de miocardio sin elevación del segmento ST (IMSEST)— halló que casi un tercio de ellos (más precisamente el 29,9 %) obtuvo inicialmente un diagnóstico diferente [9].

Otra conclusión fue que las mujeres tenían (de nuevo) más probabilidades que los hombres de obtener un diagnóstico incorrecto [10]. Sin embargo, las mujeres no son el único grupo de pacientes «problemáticos», ya que comparten este distintivo con las personas mayores y los sujetos que padecen diabetes o enfermedad renal crónica (ERC) [11, 12, 13]. Dejando de lado las herramientas de diagnóstico, tales como ECG, biomarcadores cardíacos, radiografía de tórax y ecocardiografía, los médicos pueden utilizar un práctico cuestionario para evaluar rápidamente la probabilidad de sufrir IM, la posibilidad de que se produzcan causas (no) cardíacas y la necesidad de emplear procedimientos de diagnóstico posteriores.

Causas (no) cardíacas

El dolor en el pecho puede estar causado por una variedad de afecciones médicas no cardíacas, pero que pueden coexistir con problemas cardíacos reales, lo que da lugar a un posible diagnóstico erróneo y al retraso del tratamiento. Entre algunos ejemplos de estas afecciones, se incluyen problemas gastrointestinales (la causa más habitual), tales como enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), trastornos de motilidad esofágica hipercontráctil con esófago en cascanueces/sacacorchos o espasmo esofágico difuso o acalasia, esofagitis infecciosa, úlceras esofágicas, anillos, membranas y esofagitis eosinofílica, así como enfermedades pulmonares [14, 15]. Otras probables causas no cardíacas son el dolor musculoesquelético en la pared torácica y la anemia de células falciformes (ACF) [16, 17]. Por último, el dolor en el pecho puede estar causado por trastornos mentales no orgánicos como, por ejemplo, ansiedad [18].

Un diagnóstico preciso de la causa de la angina de pecho debe realizarse siempre utilizando métodos de diagnóstico modernos que permitan evaluar y detectar problemas cardíacos. No obstante, puede utilizarse un cuestionario bien elaborado para diagnosticar a posibles pacientes con dolor en el pecho antes de asignar cualquier recurso de diagnóstico.