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La actual pandemia de la COVID-19 ha cambiado radicalmente la forma en que funcionan las sociedades y las economías, algunas mejor que otras, aunque no puede decirse lo mismo de los sistemas sanitarios. Incluso en los países más desarrollados, la atención sanitaria casi ha sucumbido al creciente número de pacientes con problemas respiratorios graves. A pesar de los máximos esfuerzos de los médicos, muchos han sucumbido a la enfermedad, y un número de enfermos aún mayor sigue luchando contra las persistentes secuelas de las que todavía no se sabe demasiado. Sin embargo, la COVID-19 tiene otro efecto perjudicial menos conocido que no está directamente relacionado con la enfermedad, es decir, quedar relegado al segundo o tercer puesto por detrás de los pacientes con COVID-19 debido a la percepción de una menor gravedad de sus problemas de salud. Muchos pacientes, especialmente los que padecen enfermedades cardiovasculares, han sufrido graves consecuencias como resultado de esta infravaloración.

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En este blog, conocerá:

  • Efectos directos de la COVID-19 en la salud cardiovascular.
  • Efectos indirectos de la COVID-19 en la salud cardiovascular y en las afecciones médicas asociadas.
  • Soluciones para los chequeos vasculares durante la pandemia.

¿Cuáles son los efectos directos de la COVID-19 en la salud cardiovascular?

Los altos índices de problemas cardiovasculares y de mortalidad en los pacientes con COVID-19 han llevado a algunos analistas a identificarla principalmente como una enfermedad cardiovascular, y no respiratoria, como suele considerarse habitualmente [1, 2, 3]. Sin embargo, esto no debería interpretarse, por supuesto, como una negación de la naturaleza respiratoria de la infección, sino simplemente como una observación de los numerosos efectos perjudiciales (letales) de la COVID-19 en el sistema cardiovascular [4, 5].

Cabe también destacar que las enfermedades cardiovasculares (ECV) por sí solas son un factor de riesgo para la mortalidad en pacientes con COVID-19, junto con otras afecciones, como la diabetes mellitus, la insuficiencia renal crónica y las enfermedades respiratorias (asma, EPOC preexistente y fibrosis pulmonar) [6-11]. De forma más específica, según publica un estudio de Italia, las afecciones comórbidas más comunes relacionadas con los problemas cardiovasculares de los pacientes con COVID-19 ingresados en la UCI son la hipertensión (49 %), las ECV (sin especificar) (21 %) y la hipercolesterolemia (18 %) [12]. Pero ¿cómo agrava la COVID-19 los problemas cardiovasculares existentes o, incluso, causa nuevas afecciones como, por ejemplo, las lesiones de miocardio?

Los mecanismos que permiten que la COVID-19 cause lesiones en el corazón no se entienden en la actualidad y precisan de una mayor investigación, al igual que ocurre con los factores relacionados con las lesiones causadas en el sistema vascular, pero se sospecha que pueden estar provocadas por una grave inflamación general, como ha podido observarse en algunos pacientes [13, 14, 15]. Independientemente de cuáles sean exactamente los procesos de lesiones implicados, los resultados finales, tal como los sufren los pacientes, están bien documentados y son difíciles de prevenir y tratar, especialmente en aquellos enfermos que presentan comorbilidades específicas [16]. Los enfermos de COVID-19, especialmente aquellos que sufren la forma de la enfermedad de moderada a grave, tienen un mayor riesgo de padecer miocarditis, pericarditis, infarto de miocardio agudo (IMA), arritmia, insuficiencia cardíaca (IC), embolia pulmonar aguda, taponamiento cardíaco, shock cardiogénico, cardiomiopatía de Takotsubo, disfunción ventricular derecha y trombosis, además de otras posibles afecciones que aún no se han identificado [17-30]. Asimismo, los estudios actuales sugieren que incluso los pacientes asintomáticos/atípicos podrían sufrir lesiones cardíacas [31, 32].

No obstante, aunque los efectos graves de la infección por el virus de la COVID-19 están siendo objeto de una mayor investigación (la formulación de modalidades de tratamiento efectivas sigue siendo, por desgracia, una asignatura pendiente), no puede decirse lo mismo de los efectos a largo plazo, tanto cardiovasculares como no cardiovasculares, que son ampliamente desconocidos por el momento y están abiertos a la especulación. Sin lugar a dudas, se verán igualados o, incluso, superados por el «coste» indirecto de la pandemia (confinamientos).

¿Cuáles son los efectos indirectos de la COVID-19 en la salud cardiovascular y en las afecciones médicas asociadas?

Aunque los efectos inmediatos que la COVID-19 tiene sobre la salud son familiares tanto para los profesionales como para el público en general (pese a la gran cantidad de desinformación de carácter conspiratorio), aquellos que están relacionados indirectamente con la enfermedad apenas se conocen fuera de los círculos médicos profesionales, a pesar del creciente número de personas afectadas. Hablamos, por supuesto, de las personas que presentan síntomas de problemas (cardiovasculares) aún sin diagnosticar o enfermedades crónicas que requieren un tratamiento (facilitado por los profesionales médicos) y una monitorización periódica, y que no han recibido la atención que precisan.

Varios estudios ya han demostrado una reducción considerable del número de pacientes ingresados en el hospital por infarto de miocardio (IM) y accidente cerebrovascular, con una disminución situada entre el 25 % y el 40 % (para IM) tanto en Europa como en Estados Unidos [33]. Los motivos de esta reducción son numerosos y abarcan desde el miedo a contraer la COVID-19 en el hospital por parte del paciente hasta la demora en la respuesta de los servicios de ambulancia y emergencia por la sobrecarga de trabajo [34]. La repercusión a largo plazo de los problemas cardiovasculares no tratados o que vean retrasado su tratamiento es, por lo tanto, casi inevitable, a menos que las personas pertinentes encargadas de la toma de decisiones adopten medidas radicales para garantizar que los pacientes en situación de riesgo tengan acceso a los servicios de diagnóstico y de tratamiento [34].

No obstante, el daño colateral no se limita a los problemas cardíacos y cerebrovasculares, sino también a los de tipo vascular. Un estudio de Italia sobre el efecto de los confinamientos durante la pandemia en el control y el tratamiento del pie diabético halló un aumento significativo de la incidencia de la gangrena y de las amputaciones en los pacientes ingresados para un tratamiento de emergencia [35]. Los pacientes confinados tenían una probabilidad dos veces mayor de desarrollar gangrena y sufrieron amputaciones tres veces más que los enfermos diabéticos ingresados un año antes durante el mismo período, cuando el país no había declarado el confinamiento [35].

¿Cuáles son las soluciones para los chequeos vasculares durante la pandemia?

La información sobre los efectos directos e indirectos de la infección por el virus de la COVID-19 en el sistema cardiovascular presentada en este estudio debería ser motivo suficiente para realizar chequeos vasculares completos, regulares y preventivos en los pacientes en situación de riesgo, especialmente en aquellos que se sospeche que pueden padecer otros problemas que aún no se han diagnosticado. No obstante, la teoría es más fácil que la práctica, ya que los flujos de trabajo ineficientes, la lenta burocracia y la falta de recursos no parece que vayan a cambiar de la noche a la mañana.

Los avances de la telemedicina, que permiten la evaluación de pacientes ambulatorios e, incluso, en su propia casa hasta un cierto punto (como la evaluación del ITB para la EAP), junto con las historias clínicas electrónicas (HCE), ofrecen una posible solución, al menos para algunos pacientes. No obstante, otros pueden necesitar un examen más completo o un control y un tratamiento que normalmente no están disponibles fuera de los centros de salud, lo que obliga a reconsiderar la forma en que se presta la asistencia sanitaria o a asignar cuidadosamente recursos que, hasta entonces, estaban ligados al tratamiento de pacientes con COVID-19.

Los efectos gravemente perjudiciales de la infección por el virus de la COVID-19 en el sistema cardiovascular pueden verse igualados o, incluso, superados por el deterioro indirecto de la atención preventiva para grupos de pacientes específicos y las repercusiones a largo plazo que aún deben ser objeto de estudio. Los pacientes en situación de riesgo deberían, por lo tanto, someterse a chequeos vasculares completos para mitigar el riesgo de futuros resultados adversos y de una sobrecarga del sistema sanitario.