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Las pandemias suelen tener un efecto sin precedentes en el tejido social, económico y político de nuestras sociedades, y la actual pandemia de la COVID-19 no es ninguna excepción. Los confinamientos a nivel nacional, el teletrabajo y el aprendizaje a distancia, y el distanciamiento social, junto con el uso obligatorio de mascarillas protectoras, los nuevos retos a los que se enfrentan algunas industrias y el crecimiento significativo para otras, y la inestabilidad política son solo algunos de los aspectos que caracterizan estos tiempos difíciles. Lo más significativo ha sido el impacto en los sistemas sanitarios, que, en general, han demostrado no estar preparados para la afluencia de pacientes con COVID-19 y el tratamiento de sus síntomas haciendo uso de una gran cantidad de recursos. Sin embargo, sus esfuerzos pueden no terminar a corto plazo, no solo por la COVID-19, sino también debido al probablemente creciente número de pacientes (con problemas cardiovasculares) que serán víctimas indirectas de la pandemia actual.

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En este blog, conocerá:

  • Efectos del confinamiento en la salud durante la pandemia de la COVID-19.
  • La inactividad física y el riesgo de trombosis venosa profunda.
  • Importancia de la terapia de compresión y de la evaluación del ITB.

¿Cuáles son los efectos del confinamiento en la salud durante la pandemia de la COVID-19?

Los efectos del confinamiento prolongado en la salud —tal como han experimentado muchas personas que se han visto obligadas a permanecer en sus casas como parte de los confinamientos a nivel nacional o del aislamiento debido a la sospecha o a la confirmación de la infección por el virus de la COVID-19— son polifacéticos y abarcan desde secuelas psicológicas hasta emocionales y fisiológicas. Sin embargo, no todas las personas se ven afectadas de la misma forma ni en igual medida, aunque cabe destacar que tampoco quedan exentos de sufrir la enfermedad los niños en edad escolar primaria y los deportistas de élite [1, 2]. Los posibles problemas de salud de este último grupo son de naturaleza más indirecta, con mayores tasas de lesiones debido a la falta de entrenamiento a causa del confinamiento prolongado y la asociada inactividad física [2].

Naturalmente, estamos más interesados en las consecuencias directas para la salud, como la depresión y la ansiedad, y los cambios fisiológicos derivados de la inactividad física y de otros factores del estilo de vida. Existen numerosas pruebas que evidencian que la incidencia y la gravedad de los problemas anteriormente mencionados y de muchos otros aumentaron significativamente durante los confinamientos. En general, las pandemias se relacionan con el aumento de la prevalencia de la depresión, el estrés, el insomnio, el trastorno por estrés postraumático (TEPT), la ira y el agotamiento, y los pocos estudios realizados sobre la actual pandemia han demostrado que la COVID-19 no es ninguna excepción [3-7].

Un estudio de España sobre los efectos psicológicos del confinamiento en los estudiantes y el personal de la Universidad de Valladolid destacó que entre un quinto y casi un tercio de los encuestados informó de niveles entre moderados y extremadamente graves de ansiedad, depresión y estrés [8]. Otro metaestudio mucho más completo y exhaustivo en el que participaron personas de 17 países de todo el mundo, confirmó estas conclusiones y destacó que los efectos (psicológicos) perjudiciales eran más pronunciados en aquellas personas con afecciones médicas preexistentes o una infección por el virus de la COVID-19 confirmada, así como en los trabajadores sanitarios, como es el caso del personal de enfermería (femenino) [9]. También resulta interesante un estudio que analizó los cambios en la frecuencia de la actividad física, la duración del sueño y las tasas de consumo de alcohol y tabaco de los australianos durante la pandemia [10]. El estudio informó de un aumento de las prácticas poco saludables, aunque esto no es de extrañar, dada la estrecha relación de los factores mencionados anteriormente con el bienestar psicológico (a pesar de que en el estudio no se hablaba de cambios significativos en el sufrimiento psicológico, aunque esto pudo deberse al momento en que se recogieron los datos, a una menor intensidad del confinamiento y a factores culturales) [10].

Estos resultados también son pertinentes para el tema de la salud física, especialmente el componente cardiovascular, del que hablaremos más adelante. Sin embargo, no es el único estudio de este tipo. Un estudio internacional en línea que englobaba a más de mil participantes de varios países del mundo (procedentes principalmente de Asia, África y Europa) comparó sus estilos de vida antes y durante el confinamiento [11]. Al igual que en el estudio australiano, las personas entrevistadas informaron de un descenso de la actividad física y de un aumento del consumo de comida menos saludable [11], dos factores que conducen a un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares (ECV y a una mayor posibilidad de que los resultados se vuelvan adversos en las personas que las padecen.

¿Conduce la inactividad física al desarrollo de trombosis venosa profunda?

La asociación entre la (in)actividad física, los hábitos alimentarios poco saludables, que suelen estar relacionados con la obesidad y la diabetes de tipo 2, el consumo de tabaco y una mayor incidencia de las ECV es indiscutible y está bien fundamentada [12-16]. La trombosis venosa profunda (TVP) no es, lamentablemente, ninguna excepción, aunque la relativa «contribución» del riesgo específico a una mayor incidencia y gravedad de la enfermedad es diferente de la de otras ECV.

Centrándonos únicamente en la inactividad física, un completo metaestudio (sobre el tromboembolismo venoso, o TEV, y no sobre la TVP específicamente, pero, dada la relación entre ambas enfermedades, los resultados de una pueden aplicarse, al menos parcialmente, a la otra) de 14 estudios independientes halló que la actividad física habitual estaba muy relacionada con un menor riesgo de sufrir TVP en comparación con el sedentarismo o un estilo de vida menos activo [17].

Teniendo en cuenta que el confinamiento prolongado tiene un efecto negativo en la frecuencia y la intensidad del ejercicio físico, ¿qué pasos deberían llevar a cabo aquellas personas que puedan sufrir TVP y, aún más importante, los pacientes a los que ya se les haya diagnosticado la enfermedad, para tratar sus síntomas? Aparte de realizar ejercicio físico, que puede reducir los síntomas graves y ayudar a prevenir o mejorar el síndrome postraumático, las personas en situación de riesgo deberían, obviamente, realizar cambios más amplios en su estilo de vida [18].

¿Por qué resultan importantes la terapia de compresión y la evaluación del ITB?

Una de las herramientas de tratamiento conservadoras más conocidas para mitigar los síntomas de la TVP (dolor en la pierna) y otros problemas relacionados con la insuficiencia venosa es la terapia de compresión (medias, compresión neumática intermitente, etc.), y por una buena razón [19,20]. No obstante, solo debería utilizarse en pacientes con una puntuación conocida del ITB (índice tobillo-brazo) para evitar posibles complicaciones derivadas de una enfermedad arterial periférica (EAP) sin diagnosticar [21]. Una EAP subyacente limita o impide por completo la aplicación de la terapia de compresión.

Por lo tanto, una evaluación del ITB es un prerrequisito antes de tomar la decisión de empezar una terapia de compresión. La realidad suele ser diferente; un estudio llevado a cabo en el Reino Unido halló que un número significativo de pacientes, hasta el 40 %, con ulceración de las extremidades inferiores no había recibido una evaluación del ITB, y casi un tercio de ellos, los cuales presentaban úlceras venosas, no recibían terapia de compresión [22]. Existen varios motivos que explican este y otros fallos (sin publicar), entre los que se incluyen una posible falta de formación y experiencia en la medición del ITB con una sonda Doppler y un esfigmomanómetro (durante mucho tiempo el método más utilizado), lo que da lugar a resultados falsos [23]. Por suerte, existen herramientas más nuevas, como los dispositivos de diagnóstico oscilométricos-pletismográficos, que permiten una evaluación del ITB rápida y libre de errores por parte del usuario, y que deberían estar disponibles en cada centro de salud que ofrezca terapia de compresión [24, 25].

El confinamiento prolongado como parte de los cierres a causa de la COVID-19 está asociado a un deterioro significativo del bienestar psicológico, emocional y físico, y puede aumentar las tasas de enfermedades cardiovasculares específicas, como la trombosis venosa profunda. Por lo tanto, debería aplicarse lo antes posible un tratamiento adecuado y a tiempo empleando medidas conservadoras, como la terapia de compresión guiada por la evaluación del ITB, tras obtener un diagnóstico positivo.